Leyenda del Chinaco
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Leyenda del Chinaco

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Salvador Mejia era uno de los hombres más ricos de la región, pues además de que su familia era de las de mayor tradición y de abolengo de Guanajuato, éste contaba con una basta fortuna producto de las minas que había heredado de sus padres, y por si fuera poco era un adicto a los juegos de azar y a visitar los prostíbulos de la ciudad.
Pasaron los años y Salvador sintió la necesidad de casarse y tener descendencia, por lo cual buscó una joven moza a la cual desposar. Su búsqueda rindió frutos y en una fiesta elegante conoció a Beatriz quien era la hija de uno de los hombres más respetables de la región, pero cuya fortuna había venido a menos por las malas inversiones realizadas por su señor padre. Ni tardo ni perezoso Salvador comenzó a cortejar a Beatriz, quien no veía con buenos ojos a Salvador ya que tenía un defecto de nacimiento, un ojo de color azul y uno verde, pero debido a las circunstancias económicas que tenía la familia, pues tuvo que acceder.
Durante el tiempo que duró el cortejo, Beatriz no se resignaba a su suerte y acudía con cierta regularidad a la iglesia a orar para mitigar su pena. Cuentan que por esos días y previo a la boda llegó a la región un joven mestizo de nombre Jose quien era muy apuesto y gallardo, pero sin fortuna alguna. Este joven acudió a la iglesia a dar gracias por haber regresado a la tierra de sus padres con bien, y coincidió con Beatriz. La belleza e ingenuidad de Beatriz más que intrigarlo lo apasionaron y durante días enteros no podía apartar el rostro angelical y perfecto de dicha criatura de su mente.
Una vez debidamente instalado en una posada indagó quién era esa joven, a lo cual no faltó el indiscreto que le comentó la triste historia de Beatriz, ante la cual él se conmovió profundamente. Jose consiguió empleo de capataz en una de las minas de la región y cierto día se percató del mal trato que recibían los mineros a manos de los demás capatazes, ante lo cual protestó, y lo único que consiguió fue una reprimenda muy severa por parte del patrón que no era otro más que Salvador.
Los días pasaron y un día Beatriz, al llegar a su casa, encontró a su padre muerto en el despacho de su casa. Después de enterrarlo debidamente pensó que el compromiso estaría cancelado, sin embargo se equivocó ya que Salvador hizo uso de la palabra empeñada por el padre de Beatriz para consumar el matrimonio a la fuerza, y ocurrió que durante la noche de bodas Salvador, ahogado de borracho, abusó de Beatriz, quien cayó en una profunda depresión ya que ella no se había imaginado que de esa forma sería su noche de bodas. De esta manera intentó suicidarse buscando un peñasco cercano a las minas, decidió saltar, pero fue observada por Jose quien al verla saltar acudió en su rescate. Afortunadamente sólo había recibido algunos golpes y rasguños.
La llevó a la posada donde un médico la atendió. La noticia corrió como la pólvora y llegó a los oidos de Salvador quien encolerizado llegó a la posada, a la cual penetré golpeando e insultando a todos los presentes. Al ver a Jose y reconocerlo por su anterior actitud con los trabajadores lo golpeó en el rostro con el fuete que usaba para su caballo, dejándole una marca. Intentó hacerlo nuevamente pero esta vez Jose le detuvo la mano y con voz firme le dijo:
- ¡Hágalo de nuevo y se muere!
Dicho esto lo obligó a bajar la mano y a retirarse con su esposa convaleciente quien durante todo el camino a casa no dejaba de olvidar las palabras de este joven trabajador que había osado enfrentar al señor y amo de la región.

Días más tarde hubo una explosión en una de las minas, y entre los heridos estaba Jose, quien fue atendido, pero tuvieron que amputarle la mano izquierda. Aprovechando las continuas juergas de su marido, Beatriz visitaba en silencio y por las noches a Jose, de quien se enamoró perdidamente y a quien se entregaba en cuerpo y alma. Al ver el cambio de actitud de su esposa al verla tan alegre, Salvador decidió realizar un viaje a la capital, pero se enteró por otro capataz de la traición de su esposa, por lo cual optó por asesinar a Jose y para ello contrató a varios rufianes de la región quienes una noche oscura entraron a la posada y dieron muerte a Beatriz e hirieron gravemente a Jose. Más tarde Salvador se enteró de la noticia a la cual no le dio mayor importancia, ya que pensaba que Jose no llegaría muy lejos.
Días después en la mina comenzaban a correrse los rumores de que se aparecía un chinaco vestido de negro, a quien además le faltaba la mano izquierda y evitaba que los trabajadores siguieran laborando. Salvador decidió enviar a uno de sus capatazes de confianza, pero éste nunca regresó; así pues envió a otro y el resultado fue el mismo. Intrigado, convenció a los individuos que participaron en el asesinato de Beatriz, para que estos fueran a investigar, ninguno regresó. Salvador, encolerizado, se adentró en la mina, donde descubrió exactamente en lo más profundo de la mina los cadáveres de las personas que osaron adentrarse. Se encaminó temeroso rumbo a la salida de la mina, cuando de repente se topó con el famoso chinaco.
Tenía el rostro putrefacto, pero con una cicatriz en lo que antes fue su rostro y además le faltaba una mano, pero en la otra llevaba un machete con el cual cortó la mano izquierda de Salvador, quien con el muñón sangrante salió despavorido de la mina ante la mirada atónita de sus trabajadores. Al recuperar el aliento y salir del shock en el que se encontraba mandó dinamitar la entrada a la mina, lo cual realizaron sus trabajadores. La mina quedó clausurada, sin embargo al transcurso de los años Salvador contrajo nuevamente nupcias con una joven prostituta del pueblo, de la cual tuvo un hijo, y una noche al irse a la cama a descansar encontró en su alcoba a su hijo muerto en la habitación, y en un rincón a su esposa llorando. Mientras se cubría el rostro, al tomarla en sus brazos e interrogarla la miró a la cara y descubrió una cicatriz que le atravesaba el rostro. Esto lo hizo salir corriendo a su despacho, en donde se encontraba su arma. Al tomarla y darse la media vuelta descubrió a ese ente que lo miraba fijamente. Salvador intentó moverse, pero sus piernas le impedían moverse y descargó toda la carga de su pistola, el silencio reinó.
A la mañana siguiente fue encontrado con una cicatriz que le atravesaba el rostro, cuentan que hasta la fecha en los alrededores de la mina se suele aparecer por las noches la figura espectral de un chinaco vagando en busca del descanso de su alma, yo por las dudas no paso por ahí cuando estoy de visita en esa ciudad.

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